El fenómeno de que amplias capas de las clases trabajadoras y populares terminen votando por partidos, candidatos o programas que objetivamente erosionan sus condiciones materiales tiene múltiples aristas, que no se reducen a la mera ignorancia o manipulación mediática, aunque estas juegan un papel relevante. Se trata de un entramado complejo en el que se entrelazan factores económicos, ideológicos, culturales, históricos y psicológicos.
En primer lugar, debe tenerse presente que la conciencia de clase no surge automáticamente de la posición objetiva en el proceso de producción. Que un trabajador sea explotado en su puesto laboral no significa que tenga plena claridad sobre los mecanismos de esa explotación, ni que asuma que sus intereses se contraponen radicalmente a los de la clase capitalista. Marx ya lo señalaba en diferentes momentos: la posición de clase genera contradicciones objetivas, pero la conciencia de las causas de esas contradicciones requiere mediaciones, luchas, organización y teoría. La burguesía, en cambio, dispone de recursos ideológicos, mediáticos y educativos que reproducen constantemente una visión del mundo donde su dominio aparece como natural, justo e incluso beneficioso para los explotados.
En segundo término, las ideologías dominantes moldean las percepciones de la población. El nacionalismo, el racismo, el sexismo, la religión institucionalizada y el mito del ascenso individual funcionan como mecanismos que fragmentan y desvían las luchas sociales. Así, un obrero precarizado puede verse más identificado con un político millonario que “habla como él” o que promete restaurar un orden moral, que con un programa que apunte a redistribuir riqueza o fortalecer derechos colectivos. La hegemonía cultural logra que los intereses de la clase dominante se presenten como intereses comunes de “la nación” o de “la gente decente”, y en ese marco los trabajadores pueden ver como enemigos principales a inmigrantes, minorías sexuales, delincuentes, burócratas, o al Estado como tal, antes que a los capitalistas.
En tercer lugar, las condiciones materiales inmediatas también generan adhesiones contradictorias. Un pobre puede votar por quien promete reducir impuestos, incluso si esa reducción beneficia de forma desproporcionada a los ricos, porque en el corto plazo siente asfixia fiscal. De la misma manera, puede apoyar a un candidato que promete empleo en su región mediante la llegada de inversiones, aunque esas inversiones vengan acompañadas de salarios miserables y precarización. La inmediatez de la necesidad suele pesar más que la visión estratégica de largo plazo, y eso es aprovechado por políticos que ofrecen soluciones fáciles y rápidas a problemas estructurales.
Otro elemento crucial es la falta de alternativas creíbles. Muchos partidos que se dicen de izquierda o progresistas han administrado gobiernos neoliberales, traicionando las expectativas populares. En ese contexto, las masas populares perciben que “todos roban” o que “no hay diferencia entre unos y otros”, lo que abre espacio a outsiders reaccionarios que se presentan como rupturistas y auténticos. El desencanto con experiencias reformistas empuja a sectores populares a votar contra sus intereses materiales sin percibirlo como tal, porque sienten que ya no hay ninguna opción que represente genuinamente sus necesidades.
También intervienen factores psicológicos y de identidad. Las personas no votan únicamente por cálculo material, sino también por símbolos, narrativas y pertenencia. Un líder que promete restaurar un orden perdido, defender la patria frente a enemigos externos o humillar a las élites “progresistas” puede generar una identificación emocional mucho más fuerte que un discurso técnico sobre redistribución o impuestos progresivos. El voto, en muchos casos, se convierte en un acto de reafirmación de identidad y no en una evaluación racional de los propios intereses económicos.
Finalmente, no debe pasarse por alto la coacción y la manipulación directa. Sistemas clientelares, compra de votos, amenazas laborales, campañas mediáticas masivas, fake news y control de la información configuran un terreno donde los sectores populares se ven bombardeados por mensajes que dificultan cualquier evaluación racional de sus intereses. En sociedades donde los grandes medios, el sistema educativo y las instituciones políticas reproducen la lógica de la clase dominante, resulta comprensible que la visión de mundo de los explotados esté colonizada por la ideología del explotador.
Entonces, el proletario no vota contra sus intereses porque sea irracional o incapaz, sino porque sus condiciones materiales de vida, sus carencias inmediatas, la hegemonía ideológica de la clase dominante, la fragmentación social, el desencanto con alternativas progresistas y los mecanismos de manipulación política configuran un escenario en que sus intereses objetivos no se reconocen como tales. La contradicción está en que la estructura empuja a la explotación y a la miseria, mientras la superestructura trabaja para convencer a los explotados de que esa misma estructura es la única posible, e incluso deseable.
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