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Notas Históricas sobre el Análisis de la Mercancía (Contribución a la Crítica de la Economía Política, Marx, 1859)



En el apartado “Notas Históricas sobre el Análisis de la Mercancía” de la Contribución a la crítica de la economía política de 1859, Marx reconstruye la génesis de la teoría del valor-trabajo en el seno de la economía política clásica, mostrando tanto sus aciertos como sus límites. El hilo conductor de este recorrido es la elucidación de cómo los economistas precedentes fueron acercándose, con tropiezos, contradicciones y parcialidades, a la distinción fundamental entre trabajo concreto relacionado con valores de uso y trabajo abstracto como sustancia del valor. Marx se esfuerza en mostrar que el descubrimiento de que el tiempo de trabajo constituye la medida del valor no es un acto súbito de genialidad individual, sino el resultado de un proceso histórico de la ciencia burguesa, marcado por tensiones entre las formas sociales emergentes del capitalismo y las categorías con que los teóricos intentaban aprehenderlas.

En Petty, la reducción de valores de uso al trabajo se combina todavía con el peso del sistema monetario, que lo lleva a identificar el trabajo creador de valor con el trabajo particular de extracción de metales preciosos. Allí se percibe una dificultad: reconocer el papel del trabajo en la creación de riqueza sin alcanzar a comprender la especificidad del trabajo como productor de valor de cambio. Boisguillebert avanza más, al intuir la determinación del “valor justo” por la proporción social del trabajo entre las ramas, pero su rechazo fanático al dinero lo lleva a demonizar la forma misma en que el valor se objetiva en la sociedad burguesa. Su nostalgia por la riqueza como goce inmediato lo hace incapaz de aceptar que la riqueza burguesa no consiste ya en el disfrute de los valores de uso, sino en el despliegue de mercancías cuyo carácter social está mediado por el dinero. En este punto se transparenta la oposición entre la visión inglesa, pragmática y orientada al mercado mundial, y la francesa, más inclinada a condenar las formas alienadas de la riqueza en nombre de una supuesta armonía natural de la producción.

Franklin, en la joven sociedad norteamericana, enuncia con simplicidad la equivalencia entre valor de cambio y tiempo de trabajo en general. Su mérito radica en plantear sin rodeos que la medida no puede buscarse en los metales preciosos, sino en el trabajo mismo. Pero su limitación estriba en no comprender que el trabajo medido en términos de valor no es el trabajo individual en su forma concreta, sino el trabajo social abstracto, objetivado en la mercancía. Por eso, aunque afirma que el intercambio es, en última instancia, intercambio de trabajo por trabajo, se le escapa que tal reducción implica una abstracción social que solo se da bajo el dominio generalizado de la forma mercancía.

Steuart introduce una diferenciación conceptual más fina al señalar que lo que convierte al trabajo en productor de valor no es su concreción en valores de uso, sino su carácter social de trabajo alienado que engendra el equivalente universal. Su reflexión sobre la diferencia entre el trabajo feudal y el burgués lo sitúa en una posición privilegiada, ya que reconoce que el trabajo creador de valor es una forma histórica específica y no una determinación eterna de la actividad humana. De este modo anticipa, aunque de manera aun vacilante, el enfoque histórico-crítico que más tarde se desplegará en Marx.

Adam Smith, por su parte, formula con vigor la idea de que la fuente de la riqueza material es el trabajo social en general, pero incurre en confusiones al trasladar este principio a la determinación del valor en la sociedad capitalista. Confunde la medida objetiva del valor por el tiempo de trabajo socialmente necesario con una supuesta igualdad subjetiva de los sacrificios individuales, y termina retrocediendo a una mítica edad de oro donde los productores intercambiaban directamente el producto de su trabajo. Su recurso a la división del trabajo como puente entre lo concreto y lo abstracto resulta insuficiente, pues no advierte que una división social del trabajo puede existir sin intercambio generalizado de mercancías, como lo prueban las formaciones precapitalistas.

Ricardo lleva el principio de la determinación del valor por el tiempo de trabajo a su formulación más rigurosa y coherente, extendiéndolo a las relaciones capitalistas complejas y enfrentando incluso las aparentes contradicciones entre la ley y las desviaciones de los precios de mercado. Sin embargo, absolutiza la forma burguesa de producción como natural y eterna, cayendo en el anacronismo de proyectar las categorías del capital sobre el cazador y el pescador primitivos. En este límite se hace visible la contradicción de la economía política clásica: al mismo tiempo que descubre la ley del valor, la concibe como una ley transhistórica, incapaz de advertir que no es una ley universal, sino la expresión específica de un modo de producción determinado.

Sismondi, finalmente, introduce un matiz crítico al subrayar el carácter social del trabajo creador de valor y relacionar el valor con las necesidades colectivas y el trabajo necesario para satisfacerlas. Con ello abre la posibilidad de una visión menos apologética de la economía política, aunque sin llegar a romper con su horizonte. Frente al optimismo abstracto de Ricardo, Sismondi percibe las contradicciones del capitalismo y comienza a dudar de la validez universal de la teoría económica burguesa, preludiando su crisis.

El recorrido trazado por Marx en este capítulo es una estrategia teórica destinada a mostrar cómo la economía política, en su propio desarrollo, va chocando con la contradicción fundamental: reconocer al trabajo indiferenciado como sustancia del valor sin comprender que se trata de trabajo abstracto, social, alienado, forma específica del trabajo en la sociedad productora de mercancías. La historia de las categorías no se presenta como una mera sucesión de opiniones, sino como el reflejo de la historia real de la sociedad burguesa en formación. El capital necesita de esta elaboración previa para que pueda surgir, finalmente, una crítica científica de sus fundamentos. Allí reside el sentido de la intervención de Marx: rescatar el núcleo racional de la economía política clásica, al mismo tiempo que exponer sus límites insuperables, límites que solo pueden superarse mediante una crítica radical que parta del análisis de la mercancía y desemboque en la teoría del capital.

En ese gesto, Marx transforma el legado de Petty, Boisguillebert, Franklin, Steuart, Smith, Ricardo y Sismondi en un laboratorio teórico donde la verdad científica aparece mezclada con el error, y donde la crítica posterior solo puede avanzar a condición de distinguir con precisión entre trabajo concreto y trabajo abstracto, entre riqueza material y valor, entre producción para el uso y producción para el intercambio. Esa operación constituye el cimiento de la ciencia crítica de la economía política y marca el punto en que la historia de la teoría pasa a convertirse en una crítica radical de las formas sociales de la producción burguesa.

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