Este artículo busca explicar, con palabras simples, cómo pensaron la guerra Karl Marx y Friedrich Engels a lo largo de sus escritos, recopilados en los Marx Engels Collected Works (aquí en inglés). No se trata de un manual militar ni de una lista de batallas. Es una mirada amplia que une los campos de batalla con la vida diaria, la economía, la política y el papel del Estado. Se apoya en el conjunto de escritos de ambos autores a lo largo de los 50 tomos, sobre todo entre 1842 y 1849, donde aparece una idea central: la guerra no es algo separado del resto de la sociedad; por el contrario, vive en ella, a veces de manera abierta con ejércitos y cañones, y otras de forma silenciosa a través de la competencia económica, las leyes, la policía o los impuestos que ordenan la vida en “tiempos de paz”.
Para empezar, conviene quitar una ilusión frecuente: que la guerra es solo un choque entre países lejanos y que, cuando no hay guerra, reina la calma. Marx y Engels sostienen que la sociedad moderna, basada en la producción y venta de mercancías por empresas que compiten entre sí, instala un tipo de hostilidad permanente. Esa hostilidad no siempre se expresa con fusiles. A veces toma la forma de una carrera de empresas por ganar mercados; otras veces está en un arancel que cierra fronteras a productos de afuera; también se siente en leyes que castigan con dureza a los pobres o en el uso de fuerzas armadas para controlar protestas. Por eso, cuando estalla una guerra propiamente tal, lo que se ve no es una ruptura absoluta con la vida civil, sino la continuación, por otros medios, de tensiones que ya venían acumulándose.
Esa mirada permite distinguir tres planos que se cruzan de manera constante. El primero es la guerra entre Estados, donde gobiernos y ejércitos se enfrentan por territorios, rutas comerciales o poder político. El segundo es la guerra dentro de la sociedad, que se hace visible en huelgas, levantamientos, estados de sitio y, en situaciones límite, en lo que se llama guerra civil. El tercero es la guerra “económica”, que parece pacífica, pero que en realidad organiza un frente interno a través de aranceles, bloqueos, deudas y maniobras legales que favorecen a unos sectores y hunden a otros. Estos tres planos no funcionan como cajas separadas; se encadenan. Un conflicto comercial puede abrir el camino a una intervención militar; una guerra en el exterior puede servir para imponer un orden más duro en el interior; una protesta social puede ser reprimida con lenguaje y herramientas “de guerra”.
Ahora bien, cuando Marx y Engels analizan una guerra entre países, no la miden por los discursos patrióticos ni por los uniformes, sino por sus efectos sobre la libertad real de la gente común. Por eso, al estudiar guerras de su tiempo y del pasado, no adoptan una vara única. Hay guerras que empujan cambios democráticos y liberan a pueblos oprimidos; y hay guerras que, con palabras como “honor” o “liberación”, en verdad recuperan privilegios de viejas élites o abren mercados por la fuerza para que una potencia se enriquezca. En este sentido, leyeron con detalle conflictos europeos del siglo XIX. Vieron, por ejemplo, que las llamadas “guerras de liberación” de Alemania contra Napoleón mezclaron momentos de gran participación popular con otros de restauración conservadora. También señalaron que algunas campañas coloniales presentadas como “civilizadoras”, como la conquista francesa en el norte de África o la guerra del opio en China, fueron actos de rapiña comercial disfrazados de progreso. El criterio que aplican es concreto: si un conflicto nacional se acompaña de medidas reales que democratizan la vida (armar al pueblo, romper privilegios, ampliar derechos), tiene un contenido progresivo; si, en cambio, solo reactiva viejos mandos con ropaje nuevo, es un retroceso.
El segundo plano es la guerra dentro de la sociedad. Aquí Marx y Engels son muy claros: lo que suele llamarse “guerra civil” no es una invención dramática, sino un nombre que toma, en momentos extremos, la lucha entre clases sociales. Cuando la oposición entre quienes trabajan y quienes mandan sobre el trabajo llega a ciertos límites, el Estado se muestra tal como es: una máquina que, bajo una fachada legal, administra la fuerza. En la Francia de 1848, cuando las y los trabajadores de París se alzaron en junio, la república que proclamaba “fraternidad” respondió con artillería y ejecuciones sumarias. Ese choque fue, para Marx y Engels, la guerra civil más dura: la del trabajo contra el capital. No nace de la nada. Se prepara en el día a día, en fábricas y barrios, donde la competencia y la escasez organizan pequeñas batallas por el salario, el horario y la subsistencia. En ese terreno nacen los sindicatos y las huelgas, que ellos vieron como “escuelas de guerra”: allí el pueblo trabajador aprende a organizarse, gana disciplina y reconoce a su adversario. No es una invitación directa a la violencia, sino el reconocimiento de una realidad que la retórica “pacífica” suele ocultar.
El tercer plano, la “guerra económica”, es una forma de conflicto que a muchos les parece ajena a la guerra y que, sin embargo, funciona con lógicas parecidas. En la industria moderna, con máquinas y grandes talleres, la competencia se convierte en una lucha de unos contra otros. Unos ganan expulsando a otros del mercado; algunas innovaciones dejan sin empleo a miles; los ciclos de auge y crisis deciden, como batallas, quién se salva y quién quiebra. Cuando el Estado interviene con aranceles, subsidios, préstamos de guerra o bloqueos, esa “paz” económica se parece cada vez más a una campaña militar sin cañones a la vista. La frontera entre ambas guerras se vuelve borrosa: un arancel puede llevar a una escuadra naval; una deuda pública puede financiar tropas; un tratado “libre” puede consolidarse con ocupaciones.
Para aterrizar estas ideas, vale la pena repasar algunos hechos concretos que Marx y Engels comentaron con detalle. Uno de ellos es la guerra de Schleswig-Holstein, un territorio unido a Dinamarca pero con población y vínculos fuertes con Alemania. Allí vieron una oportunidad para una guerra “revolucionaria” alemana, es decir, un conflicto que, además de defender a los ducados, abriera paso a reformas democráticas reales. Pero la conducción política fue timorata. Las autoridades prusianas, más interesadas en guardar equilibrios con otras potencias que en apoyar una movilización popular, firmaron armisticios desfavorables y frenaron el impulso de los voluntarios. El resultado fue amargo: la guerra que pudo acelerar una democratización alemana terminó convertida en comedia diplomática, con costos humanos y sin cambios de fondo. Allí se aprende una lección práctica: una guerra no se vuelve transformadora por sí sola; necesita una dirección que confíe en su pueblo y tome medidas de fondo.
Otro caso es Hungría en 1849. En este escenario, Engels prestó especial atención a la dimensión técnica de la guerra y a su vínculo con la política. Describió el papel de ríos, puentes, fortalezas y provisiones, pero no como un afán de especialista, sino para mostrar algo de mayor alcance: cuando la guerra se vuelve popular, cuando un pueblo se organiza en masa, aprende rápido, arriesga maniobras audaces, usa el terreno a su favor y compensa su falta de escuela militar con ingenio y decisión. Eso ocurrió allí. Las fuerzas húngaras sorprendieron una y otra vez a un imperio austriaco más pesado y lento en sus decisiones. El contraataque no tardó: Rusia intervino en apoyo de Austria. Ese paso cambió el tamaño del conflicto. Lo que aparecía como una guerra “nacional” se volvió parte de una lucha europea más amplia, donde varias potencias unían fuerzas para frenar el avance de movimientos democráticos. La enseñanza que dejan Marx y Engels es directa: hacer “la guerra” a un proceso popular con ayuda extranjera puede dar una victoria militar, pero a menudo revela debilidad política y siembra resistencias más profundas.
También se detuvieron en Italia, en especial en la derrota de Piamonte en Novara. Allí criticaron la idea de que una monarquía pudiera conquistar la independencia nacional con un ejército regular sin movilización general del pueblo. Según ellos, una guerra de liberación de verdad requiere el alzamiento masivo, la organización de milicias ciudadanas, la adopción de medidas sociales que ganen el apoyo de los de abajo y una conducción dispuesta a confiar en la energía de su propia población. Si el mando teme a su propio pueblo, prefiere perder una batalla antes que arriesgar un cambio profundo. Eso ocurrió: en vez de convertir la derrota táctica en una chispa popular, se buscó una salida de compromiso que terminó apagando la posibilidad de una guerra nacional transformadora.
Suiza ofrece otra cara del problema. Allí el tema no fue una batalla, sino la defensa del derecho de asilo y la libertad de prensa. Desde Alemania se acusaba a Suiza de permitir una “guerra de contrabando” porque abría sus fronteras a panfletos y periódicos críticos que volvían a Alemania. Engels respondió con ironía: llamar “acto de guerra” a la circulación de ideas es una forma elegante de pedir censura. Detrás de ese lenguaje se escondía el deseo de justificar ataques a libertades fundamentales. En el mismo sentido, denunciaron el uso del “estado de sitio” como una herramienta de gobierno: cuando un ministro declara “estado de guerra” dentro del país, los derechos civiles se suspenden, la justicia normal se sustituye por tribunales militares y se crean condiciones que, por la vía de los hechos, se parecen mucho a una guerra interior permanente. Esa mezcla de legalidad y violencia es, para ellos, una pieza clave del funcionamiento del Estado bajo dominio burgués.
Todo esto va unido a un tema que Marx y Engels no cansaron de recalcar: la relación entre prensa, opinión pública y guerra. En sus crónicas estudian críticamente los partes oficiales y los diarios de la época. Observan que, cuando un boletín militar calla durante semanas, ese silencio dice más que muchas palabras; que cuando un gobierno insiste en que el enemigo siempre es “superior en número”, probablemente busca excusas para un revés; que cuando un diario anuncia cada quince días que “la guerra está por terminar” y los hechos muestran otra cosa, lo que opera ahí es pura propaganda. Aprender a leer la guerra es, también, aprender a leer la prensa. No hay relato “neutro”: cada redacción arrastra intereses, prejuicios y miedos. En sociedades modernas, donde la política se discute en periódicos y parlamentos, la batalla por la percepción es parte de la guerra misma.
En este recorrido aparecen ciertos criterios prácticos para distinguir guerras que empujan la historia hacia adelante de aquellas que la devuelven al pasado. No son recetas fijas, pero ayudan. Primero, mirar quién se moviliza: si el pueblo entra en escena, si se forman milicias, si se democratizan las instituciones, es una señal poderosa. Segundo, observar si hay medidas sociales que acompañen el esfuerzo bélico: emancipaciones, reformas reales, cambios que toquen intereses asentados. Tercero, ver la cadena de alianzas: si una guerra ayuda a quebrar el eje de la reacción en el continente —en el siglo XIX, esto significaba, por ejemplo, enfrentar la política del zarismo—, su sentido puede ser progresivo; si, en cambio, une a varias potencias para aplastar movimientos democráticos, su signo es regresivo. Cuarto, preguntar quién paga y cómo: si la guerra se financia con deudas y contribuciones impuestas a ciudades y regiones sin voz, y sirve para restaurar viejos prestigios, es probable que sus resultados se parezcan a los del pasado. Quinto, mirar el uso del “estado de excepción”: si la guerra externa se usa para gobernar por bayonetas dentro del país, tal “defensa de la patria” es, de hecho, una guerra social contra el propio pueblo. Ninguna de estas señales, por sí sola, define el panorama; pero juntas ofrecen una brújula.
Hay, además, una idea que atraviesa toda esta reflexión: el internacionalismo. Para Marx y Engels, la libertad de un pueblo está conectada con la de sus vecinos. No es una frase bonita, sino un dato práctico. Un país que quiera una vida democrática más amplia no puede aislarse si alrededor mandan imperios que sostienen la contrarrevolución; y al revés, apoyar la emancipación de otros fortalece la propia. Por eso insistieron en la liberación de Polonia en su tiempo, en la unidad de Italia como empresa popular y en la necesidad de enfrentar al zarismo como centro de la reacción europea. Esa visión rehúye tanto el chauvinismo —“mi nación por encima de todo”— como el cosmopolitismo vacío que ignora las situaciones concretas. No basta decir “paz entre los pueblos”; hay que mirar qué fuerzas actúan y cómo se tejen las alianzas en la realidad.
Cuando se pasa de los principios a la organización, aparece el problema del ejército. Marx y Engels diferencian entre un ejército permanente y una milicia ciudadana. El primero, con oficiales profesionales, suele convertirse en un instrumento muy útil para sostener un orden de clase, porque puede usarse tanto hacia afuera como hacia adentro sin depender del apoyo popular. La milicia, en cambio, se compone de ciudadanos armados que defienden su propio país y que, por su naturaleza, ponen límites al uso del ejército como policía interna. No idealizan la milicia: saben que exige disciplina, uniformidad, servicio y organización. Pero ven en ella una forma de defensa más compatible con una sociedad democrática. De ahí su esbozo de un horizonte sin guerras agresivas, con defensa organizada sobre bases republicanas y con rechazo a campañas que solo benefician a minorías poderosas.
El siglo XIX ya les mostraba, además, una novedad técnica que cambió la manera de hacer guerra: el uso del ferrocarril y el telégrafo. Esos medios acortaron los tiempos, mejoraron los abastecimientos y permitieron mover grandes masas de tropas con rapidez. Eso encareció los errores y volvió más exigente la planificación. Para una guerra popular, esta modernización implicaba otro reto: formar cuadros capaces de mandar, mantener la moral, cuidar la logística y, sobre todo, unir la conducción militar con un programa social que justificara el enorme sacrificio que se pide a la población. No basta el valor; hacen falta organización, aprendizaje y, sobre todo, un sentido claro de para qué se lucha.
Al juntar todas estas piezas, se obtiene una imagen menos ingenua y más completa. La guerra no es un meteorito que cae del cielo ni una aventura épica que puede separarse del resto de la vida social. Es un fenómeno que condensa relaciones de fuerza, intereses económicos, tradiciones políticas y esperanzas de cambio. Por eso Marx y Engels no fueron ni adoradores de la guerra ni predicadores de una paz abstracta. Su brújula fue otra: mirar cada conflicto en su contexto, preguntando quién gana, quién pierde, quién manda, quién paga y qué nuevas formas de vida pueden nacer de ese choque. Cuando vieron guerras “nacionales” que no tocaban las raíces del orden social, desconfiaron; cuando vieron guerras populares que abrían posibilidades de democratización real, apoyaron su sentido general. En el primer caso, la guerra suele servir para volver más fuerte al viejo régimen; en el segundo, puede ayudar a remover obstáculos que bloquean a los pueblos.
Un último punto ayuda a conectar esto con el presente. La idea de “guerra económica” tal vez parezca menos urgente que la de una batalla con armas, pero organiza silenciosamente la vida de millones. Cuando una crisis deja sin sustento a familias enteras, cuando se aprueban leyes que facilitan despidos o que encarecen productos básicos, cuando los grandes intereses logran armar sus “fronteras” con impuestos a la medida, ahí también hay una forma de guerra. No se declara en un parte militar, pero se siente en el bolsillo y en el ánimo. Para entenderla, conviene retener la continuidad que Marx y Engels vieron entre los frentes: la misma lógica que opera con ejércitos se ensaya en las fábricas y en los parlamentos. Y las respuestas también guardan relación: organización, claridad de objetivos, alianzas amplias, y una vigilancia constante sobre la prensa y los discursos que intentan vender victorias inexistentes o derrotas disfrazadas.
Así, leer la guerra con esta perspectiva permite dos movimientos al mismo tiempo. Por un lado, rescata la experiencia popular que suele quedar borrada en los relatos oficiales: huelgas, milicias, desobediencias, insubordinaciones, redes de ayuda; todo eso compone una historia que no pasa por lujosos salones, sino por la calle. Por otro lado, enseña a desconfiar de las etiquetas complacientes. “Liberación”, “orden”, “honor”, “equilibrio” suenan bien, pero solo adquieren sentido real cuando se los pone en relación con hechos y sujetos concretos. Hay guerras de “liberación” que son restauraciones; hay “paz social” que no es más que una guerra de baja intensidad contra los de abajo.
El aporte de Marx y Engels, visto desde un nivel elemental y con palabras llanas, consiste en poner la guerra en su lugar justo: dentro de la sociedad. Con eso, la devuelven a la vida real. Dejan atrás la tentación de mirarla como una película de héroes y villanos, y la convierten en un objeto que se puede estudiar con calma, con preguntas precisas y con sentido de realidad. Ese cambio de enfoque no hace la guerra menos cruel ni borra su dolor, pero ayuda a pensar mejor. Ayuda a reconocer en qué momentos un conflicto puede abrir puertas que parecían cerradas, y en cuáles funciona como mascarada para mantener todo igual.
Quien se acerque a sus obras puede salir con una herramienta práctica: observar cada guerra —o cada “paz”— con una lupa que combina preguntas morales sencillas con preguntas materiales estrictas. ¿Se amplían las libertades o se estrechan? ¿Se arman los ciudadanos o se refuerza un cuerpo separado que gobierna con la fuerza? ¿Se toman medidas para que la vida de la gente mejore, o solo se cambia el uniforme de quienes ya mandaban? ¿El “enemigo” está de verdad fuera, o la guerra sirve para ajustar cuentas contra los de adentro? Con esa lupa, la historia deja de ser un desfile de fechas y nombres y se vuelve una escuela de criterios. Y eso, en tiempos agitados, vale tanto como un mapa.
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