La verdad es que sí. La idea de que el Partido Comunista de Chile (PCCh) actúa hoy como un partido de derecha puede sonar paradójica si se la juzga únicamente por su nombre y por su historia de lucha contra la dictadura, pero se vuelve comprensible cuando se analiza su práctica política en el marco del capitalismo chileno contemporáneo. Lo que se observa es que el PCCh ha evolucionado desde una posición de confrontación con el orden burgués hacia una estrategia de integración institucional, donde su papel es sostener la gobernabilidad y apuntalar gobiernos que administran el mismo modelo económico heredado de la dictadura. Esto no significa que haya adoptado el ideario neoliberal de manera entusiasta, sino que ha aceptado operar dentro de sus límites, lo que lo coloca en la práctica del lado de la reproducción del orden existente.
El punto de inflexión histórico se encuentra en la transición a la democracia liberal. Tras años de proscripción y represión, el PCCh decidió abandonar la política de rebelión popular de masas y pactó su reinserción en la institucionalidad. Durante los gobiernos de la Concertación, se mantuvo en la oposición pero fue construyendo alianzas que culminaron con su ingreso formal a la coalición de gobierno con Michelle Bachelet en 2014. Desde entonces, el partido ha asumido cargos ministeriales y parlamentarios, validando con su presencia los marcos macroeconómicos que aseguran la continuidad del modelo. Las reformas que ha impulsado han sido graduales, acotadas y compatibles con la lógica de acumulación capitalista. Desde la teoría marxista, esto implica que ha dejado de representar un proyecto de superación del modo de producción y se ha convertido en una fuerza reformista que busca atenuar sus efectos más extremos.
En la actualidad, su participación en el gobierno de Gabriel Boric ha consolidado esta función. Frente al fracaso del primer proceso constituyente, el PCCh aceptó el nuevo “Acuerdo por Chile” que dio origen al Consejo Constitucional dominado por la derecha, un gesto que mostró su disposición a preservar la estabilidad política antes que forzar un escenario de confrontación social. En materia de seguridad, ha respaldado políticas de fortalecimiento policial y de control del orden público que años atrás habría denunciado como represivas, como las leyes Nain-Retamal, Antitomas y la aprobación constante del estado de excepción permanente en el sur. Incluso en el terreno económico, ha avalado medidas de austeridad fiscal que buscan mantener el equilibrio de las cuentas públicas para no alterar la confianza de los inversionistas. En la práctica, esta conducta lo convierte en un garante de la gobernabilidad del capitalismo chileno, un rol funcionalmente similar al que cumplen los partidos de derecha: sostener las condiciones generales de reproducción del capital.
Desde la perspectiva de Marx, lo que define el carácter de un partido no es su retórica sino el tipo de intereses de clase que termina defendiendo en la práctica. Cuando una organización que se dice obrera deja de organizar al proletariado para la lucha por su emancipación y se convierte en administradora del Estado burgués, pasa a integrar el conjunto de fuerzas que aseguran la dominación de clase. Su programa puede conservar un lenguaje anticapitalista, pero si su acción concreta contribuye a mantener el orden, termina actuando como fracción moderada de la clase dominante. El PCCh hoy no impulsa la expropiación de los medios de producción ni la dictadura del proletariado, sino que promueve reformas negociadas que buscan modernizar el capitalismo chileno y hacerlo más “inclusivo”. Desde el punto de vista de la lucha de clases, eso es funcional a la derecha, porque le permite perpetuar la hegemonía del capital con menor conflictividad.
Por eso, al calificar al PCCh como un partido de derecha no se alude a su discurso, que sigue apelando a la memoria histórica y a símbolos revolucionarios, sino a su rol efectivo en el sistema político. Cumple la tarea de canalizar el descontento popular hacia salidas controladas, evitando que se desborden los márgenes institucionales. De este modo, contribuye a estabilizar el sistema en vez de ponerlo en crisis, y en ese sentido se ha convertido en un engranaje más de la maquinaria de dominación, muy distante de aquel partido que en el siglo XX organizaba huelgas insurreccionales y construía poder obrero en sindicatos y poblaciones. Su ubicación en el espectro político no se mide por la radicalidad de sus consignas, sino por la función que desempeña en la reproducción del orden social, y hoy esa función lo sitúa objetivamente en el campo de las fuerzas conservadoras.
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