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Formas que Preceden a la Acumulación Capitalista (1857-1858, Marx, Grundrisse, cuadernos IV y V)

 

En los cuadernos IV y V de 1857-1858 —“El Capítulo del Capital”, apartado “Formas que Preceden a la Acumulación Capitalista”— Marx sitúa las precondiciones históricas del capital en dos movimientos convergentes: la existencia de trabajo libre que vende su fuerza de trabajo por dinero y la separación de ese trabajo libre respecto de las condiciones objetivas de su realización, los medios de trabajo. La “liberación” del trabajador respecto de la tierra —disolución de la pequeña propiedad y de las formas comunales— no significa emancipación sino pérdida de la base material; a partir de entonces, la fuerza de trabajo se compra para valorizar dinero, y la reproducción social se reorganiza alrededor de la búsqueda de dinero como fin.

Las configuraciones que anteceden a este quiebre comparten el rasgo de que la propiedad se presupone a la actividad laboral y se media por la comunidad. En la forma asiática, la unidad superior —personal o teológico-política— aparece como propietaria de la tierra y las comunidades locales como poseedoras hereditarias; el plustrabajo se entrega como tributo y como trabajo común en infraestructuras, con manufactura doméstica integrada a la agricultura. En la forma clásica grecorromana, la ciudad concentra la vida económica y militar, el ager publicus (territorio público) coexiste con la propiedad privada parcelaria y la ciudadanía se define por la pertenencia a la tierra; la guerra opera como “gran trabajo colectivo” que asegura el territorio. En la forma germánica, la unidad comunitaria se manifiesta en asambleas periódicas de propietarios dispersos, con un ager communis (bosques, pastos) accesorio de casas autosuficientes; la totalidad económica yace en cada hogar y no en la ciudad. En todas, la producción se orienta a valores de uso y a la reproducción del miembro-propietario en su vínculo con la comunidad, no a la producción de valor como tal.

La disolución de estas formas procede cuando el avance del intercambio, la monetización, la conquista, la esclavitud o servidumbre y la diferenciación artesanal minan la unión entre productor y condiciones objetivas. El régimen gremial, donde el artesano posee instrumentos, saber y subsistencia incorporados a una corporación, deviene insuficiente frente a mercados ampliados; la riqueza dineraria del mercader y el usurero encuentra entonces trabajadores “libres” en doble sentido —liberados de estamentos y libres de toda propiedad— y, al mismo tiempo, medios de producción y medios de vida convertidos en fondo circulante comprable. El cercamiento, la expulsión de arrendatarios y la penalización de la vagancia ilustran la violencia estatal que acompaña el pasaje: el mismo proceso que separa a los productores de sus condiciones libera esas condiciones como capital potencial.

Desde aquí, capital no es un cúmulo de cosas, sino una relación social en la que el trabajo aparece como pura subjetividad sin objeto, y las condiciones objetivas se enfrentan al trabajador como propiedad ajena personificada en el capitalista. La circulación parece un intercambio de equivalentes, pero su trasfondo es la apropiación de plustrabajo sin equivalente: la fuerza de trabajo deviene mercancía y el plusvalor emerge en la producción. El capital fabrica su propio mercado interno destruyendo ocupaciones rurales secundarias, reorganiza la manufactura, concentra instrumentos y trabajadores bajo su mando, y reproduce sistemáticamente las figuras del capitalista y del asalariado. La riqueza como valor de cambio se autonomiza y reordena la reproducción social, mientras las antiguas mediaciones comunitarias se convierten en vestigios o en obstáculos a superar.

La tesis general queda entonces más clara: las “formas que preceden” no constituyen solo un prólogo histórico pintoresco, sino el tejido de condiciones que el capital debe negar para afirmarse. Donde el productor estaba presupuesto como propietario mediado por la comunidad, surge el trabajador expropiado; donde la tierra era taller natural y cuerpo inorgánico del sujeto social, aparece el medio de trabajo como capital. El nacimiento del capital es, por tanto, una historia de escisiones: entre productor y tierra, entre oficio e instrumento, entre necesidad y subsistencia. Con esa fractura se abre el horizonte moderno de la universalización de necesidades y capacidades, pero bajo la figura invertida de la alienación, en la que la potencia creativa de la sociedad se alza frente a sus miembros como un poder autónomo que exige valorización continua.

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