Las clases sociales favorecidas y perjudicadas después de las elecciones presidenciales y parlamentarias de Chile 2025
El día de elecciones siempre se vende como
épico. Gráficos en colores, conductores emocionados narrando en tiempo real el
destino de un país. Pareciera que todo se decide ahí, en esos minutos donde una
cifra supera a otra por algunos puntos. Sin embargo, detrás de cada porcentaje
hay algo más duro que los eslóganes y más estable que las encuestas: hay clases
sociales que protegen su poder, otras que intentan defenderse como pueden, y
muchas que votan desde el miedo, la esperanza o la rabia sin disponer de un
proyecto propio. Las elecciones del 16 de noviembre de 2025 en Chile, con
primera vuelta presidencial y renovación del Congreso, ofrecen una radiografía
muy clara de esa arquitectura de clases, aunque casi nadie la llame por su
nombre.
Quién
manda, quién administra y quién vota con rabia
Para ordenar el panorama conviene usar una
tipología de clases sencilla pero útil. Por un lado, están las clases
dominantes en sentido económico: el gran capital industrial, minero, forestal,
agroexportador, financiero, mercantil e inmobiliario; quienes controlan
empresas, bancos, cadenas de retail, holdings y altos patrimonios. Junto a
ellas aparece una fracción muy importante de capas medias altas: gerentes,
altos ejecutivos, profesionales bien remunerados en el sector privado, estudios
de abogados, consultoras, que viven de su salario pero comparten intereses
materiales con el gran capital, porque se benefician de sus ganancias, de su
estabilidad y de su red de contactos.
Más abajo se ubica la clase trabajadora
asalariada en un sentido amplio: desde el obrero minero, el trabajador
portuario y el obrero forestal hasta la cajera de supermercado, el repartidor
de aplicaciones, la trabajadora de aseo, el técnico paramédico, los profesores
y funcionarias públicas. Todas estas personas venden su fuerza de trabajo para
vivir. Dentro de ese mundo hay sectores más protegidos (empleo formal,
contratos relativamente estables) y sectores precarios (subcontratación,
informalidad, jornadas fragmentadas, sueldos variables).
Entre ambas zonas aparece la pequeña
burguesía: pequeños comerciantes, dueños de negocios familiares,
microempresarios, trabajadores por cuenta propia que aspiran a “no tener jefe”.
Y se agregan las capas medias asalariadas que no son ricas, pero tampoco
pobres: profesionales del sector público, técnicos, empleados administrativos,
que viven de su sueldo, temen descender socialmente y se ven bombardeados por
discursos sobre meritocracia, esfuerzo individual y “orden”.
Por último, se encuentra la población
marginada, sectores que no logran una inserción estable en el mercado laboral:
personas desempleadas crónicas, habitantes de campamentos, economías de
sobrevivencia, vínculos frágiles o inexistentes con el sistema de derechos
sociales. Todos estos sectores que no viven del control sobre capital sino de
vender su trabajo (o de sobrevivir como pueden cuando ni siquiera eso es
posible( forman parte de las clases dominadas, aunque internamente estén
fragmentadas, divididas y con ideologías muy distintas entre sí.
Cuando se observan estos resultados
electorales de 2025, aparece con claridad una estructura de bloques políticos.
La coalición que se presenta como centroizquierda o “progresista” gobierna el
Ejecutivo y concentra la mayor bancada de diputados y senadores, pero dentro de
los márgenes del orden capitalista vigente, sin propuestas de ruptura con la
gran propiedad privada ni con la arquitectura económica heredada. Frente a ella
coexisten una derecha tradicional empresarial y una derecha radical con
discurso nacionalista, mano dura y nostalgia autoritaria. A su alrededor flota
un populismo intermedio, como el Partido de la Gente, que capitaliza el
cansancio y la rabia de sectores populares y la pequeña burguesía sin plantear
una transformación estructural, más bien una promesa de “que manden los
ciudadanos comunes” administrando el mismo modelo.
El punto central es que todos los bloques con
fuerza parlamentaria y peso presidencial aceptan como suelo intocable la gran
propiedad privada del capital y el tipo de Estado que la protege. Discuten
tasas de impuestos, ritmos de reforma, estilo retórico, pero ninguno se propone
expropiar a los grandes conglomerados ni entregar el control de la producción y
los servicios esenciales a la clase trabajadora organizada.
Clases
dominantes: un triunfo sin sobresalto
Si se observa el nuevo Congreso en su conjunto
(sumando la coalición gobernante, la derecha tradicional, la derecha radical y
el populismo “anti élite”), las clases dominantes obtienen un resultado cómodo.
El gran capital no necesita un solo partido, porque su fuerza reside en que
todos los bloques principales reconocen su poder como algo natural. Las
bancadas de derecha representan de forma directa a la gran empresa, a los
grupos económicos, al capital agrario y forestal del sur, al capital minero y
al capital inmobiliario. Su discurso de “seguridad”, “orden”, rebaja de
impuestos y flexibilización laboral responde sin ambigüedad a los intereses de
quienes viven de la explotación de la clase trabajadora.
Sin embargo, la coalición que se presenta como
progresista y que concentra la mayoría relativa de diputados y senadores
también cumple un papel funcional para las clases dominantes. Administra el
Estado con un lenguaje de derechos, participación y justicia social, mientras
mantiene incólume la estructura básica de propiedad y la lógica de acumulación.
En la práctica, el gran capital se siente cómodo con un gobierno que combina
cierta regulación moderada, reformas graduales y respeto estricto a la estabilidad
macroeconómica, aunque reniegue del tono ideológico de la derecha más agresiva.
Puede enfrentarse a algunos impuestos adicionales, pero gana previsibilidad,
acceso institucional privilegiado y un horizonte de negocios seguro.
A corto plazo, el resultado de estas
elecciones entrega a las clases dominantes tres garantías importantes. Primero,
el bloqueo parlamentario a cualquier intento de transformación profunda: la
correlación de fuerzas en Senado y Cámara impide reformas estructurales que
toquen la propiedad sobre recursos naturales, el sistema financiero, las AFP o
las grandes concesiones privadas sin acuerdos amplios con partidos que dependen
electoralmente de esas mismas estructuras económicas. Segundo, la consolidación
de una derecha radical con influencia fuerte, que permite desplazar el eje de
la conversación hacia posiciones más conservadoras y autoritarias, presionando
al conjunto del sistema político hacia respuestas de “mano dura” frente a la
protesta, la migración o el conflicto social. Tercero, la canalización del
malestar popular hacia alternativas fragmentarias, personalistas o anti
institucionales, que dificultan la construcción de un proyecto colectivo de la clase
trabajadora. En el mediano plazo, esta situación ofrece al gran capital un
escenario todavía más ventajoso. La disputa entre una izquierda institucional
adaptada al orden y una derecha tradicional o radical permite al empresariado
moverse con libertad entre alianzas, apoyando en cada momento al bloque que
mejor proteja su posición, sin que ninguna fuerza con peso masivo cuestione en
serio la relación capital-trabajo. De este modo, el resultado electoral
consolida a las clases dominantes como bloque hegemónico en el Estado, aunque
internamente existan roces entre fracciones exportadoras, financieras,
comerciales y de servicios.
Clase
trabajadora y sectores populares: entre la ilusión, el miedo y la fragmentación
La clase trabajadora, entendida como el
conjunto de quienes viven de vender su fuerza de trabajo, aparece distribuida
entre todas las candidaturas y coaliciones. En los barrios populares del norte
minero, una porción importante se inclinó por la opción populista que encarna
Franco Parisi, expresando descreimiento hacia los partidos tradicionales y
buscando una salida individualizada a problemas colectivos: deudas, bajos
salarios, colapso de la salud, falta de vivienda. El voto aquí no surge de una
adhesión programática coherente, sino del intento de castigar al sistema
político sin romper con él.
En la Región Metropolitana y en Valparaíso,
donde se concentra gran parte de la clase trabajadora urbana, el triunfo de la
candidatura oficialista y la alta votación de su coalición parlamentaria se
apoya en trabajadores que esperan mejoras graduales: salarios mínimos algo más
altos, políticas de protección social, regulaciones ambientales, defensa de
ciertos derechos civiles. Es un apoyo que mezcla esperanza y resignación: se
percibe que ese bloque no cuestiona las bases del capitalismo chileno, pero se
lo ve como un mal menor frente a la derecha histórica y la nueva derecha
radical.
En el centro-sur agrario y forestal, una
fracción considerable de trabajadores rurales, campesinos empobrecidos y
sectores urbanos pequeños optó por la candidatura de Kast y por las listas de
derecha y ultraderecha. Allí el peso del latifundio moderno, el complejo
forestal y la cultura conservadora se hace sentir con fuerza. Muchos
trabajadores que viven de un salario votan por quienes defienden a los grandes
patrones, en parte por miedo a la delincuencia, en parte por identidad
religiosa o nacionalista, en parte por rechazo a un progresismo urbano
percibido como ajeno y distante.
A corto plazo, la clase trabajadora enfrenta
un escenario contradictorio. Si la coalición oficialista mantiene el control
del Ejecutivo, algunos sectores pueden lograr avances puntuales: reajustes del
salario mínimo, programas sociales, políticas de vivienda, regulaciones
sectoriales. Esas medidas alivian las condiciones de vida, pero no alteran la
relación de subordinación. Al mismo tiempo, el fortalecimiento de la derecha
radical y el peso de los partidos de orden dentro del propio bloque gobernante
aumentan la probabilidad de respuestas represivas frente a movilizaciones
laborales y sociales, con leyes de seguridad reforzadas y un discurso que
criminaliza la protesta cuando afecta la “normalidad” económica.
Si se impusiera un gobierno alineado con la
derecha más dura, las condiciones se vuelven más drásticas: debilitamiento de
la negociación colectiva, intentos de reducir derechos laborales, ofensivas
contra sindicatos combativos, políticas de “tolerancia cero” contra
manifestaciones. En ambos escenarios, una parte decisiva de la clase
trabajadora queda sometida a la lógica de “aguantar y sobrevivir” en un mercado
laboral precarizado, hiper endeudado y atravesado por la inseguridad cotidiana,
mientras el Parlamento actúa como cámara de administración del modelo.
En el mediano plazo, esta combinación de
frustración y fragmentación puede derivar en dos tendencias complementarias.
Por un lado, crece la desafección: sectores populares que dejan de votar o que
votan de manera errática, alternando entre opciones populistas, reaccionarias o
progresistas sin construir memoria política propia. Por otro lado, se abre la
posibilidad de reagrupamientos parciales de trabajadores en torno a luchas
concretas (salarios, pensiones, vivienda, medio ambiente), que choquen una y
otra vez con el muro institucional. La pregunta decisiva es si esas luchas
logran articularse en un proyecto de clase, o si quedan encapsuladas en
conflictos sectoriales que el sistema político administra mediante concesiones
mínimas y mucha represión.
Capas
medias, pequeña burguesía y el voto del miedo al descenso
Las capas medias asalariadas y la pequeña
burguesía juegan un papel clave en estas elecciones. Profesionales, técnicos,
empleados públicos, funcionarios municipales, docentes, junto a comerciantes,
pequeños empresarios y trabajadores independientes, concentran una parte
significativa del voto tanto para la coalición oficialista como para la derecha
tradicional y el Partido de la Gente. Su motivación principal no es la
emancipación de la clase trabajadora, sino la protección de su posición
intermedia: no caer en la pobreza, no perder el pequeño negocio, no ver
deteriorarse aún más los servicios que utilizan.
Muchos profesionales del sector público y del
mundo de la educación, la salud y la cultura optan por la coalición de
gobierno, esperando que un Estado relativamente más activo asegure
financiamiento, cierta protección institucional y un lenguaje de reconocimiento
simbólico. A la vez, las políticas de orden y seguridad que ese mismo bloque
impulsa, con apoyo transversal, responden también a la demanda de estas capas
por “tranquilidad” y control del espacio urbano.
En la pequeña burguesía comercial y de
servicios, el voto se fragmenta. Una parte se inclina por la derecha
tradicional, que promete menos regulaciones, impuestos más amigables y defensa
explícita de la propiedad. Otra parte se vuelca hacia el Partido de la Gente,
que canaliza el resentimiento contra élites políticas y económicas, pero que no
plantea una redistribución real del poder económico, más bien una rotación de
rostros en los puestos de mando.
A corto plazo, estas capas intermedias logran
cierto grado de protección: el sistema político gira en torno a sus temores y
demandas, se habla sin cesar de “clase media” como sujeto a cuidar, se proponen
subsidios focalizados, créditos preferenciales, programas de apoyo a pymes. Esa
atención, sin embargo, se paga con la profundización de la precariedad en la
base trabajadora y con la consolidación de la estructura de clase que hace
posible esos privilegios relativos.
En el mediano plazo, las capas medias corren
el riesgo de vivir una lenta erosión de su posición. Entre inflación, deuda,
encarecimiento de la vivienda y deterioro de servicios públicos, el “estatus”
que hoy intentan resguardar puede volverse cada vez más frágil. Ese proceso
suele generar giros políticos abruptos: de un progresismo de derechos a una
demanda autoritaria de orden, o desde un voto oficialista a un salto hacia
opciones anti política. El resultado de 2025 ya prefigura ese movimiento
pendular, con una fuerte presencia de fuerzas que combinan discurso ciudadano
con programas de continuidad del modelo.
Territorio,
estructura productiva y voto: norte minero, centro urbano, sur agrario
Si se cruzan los resultados por región con la
estructura productiva, emergen con bastante claridad las alianzas de clase que
se expresan en el voto. En el norte minero, donde la extracción de cobre y
otros minerales genera riqueza gigantesca que termina en manos de grandes
empresas nacionales y transnacionales, el apoyo masivo a una candidatura
populista empresarial indica un malestar profundo con los partidos
tradicionales, pero no una ruptura con la lógica del extractivismo.
Trabajadores mineros bien pagados, subcontratados precarios, población migrante
en condiciones vulnerables y pequeños negocios urbanos convergen en un voto “anti
élite” que no cuestiona el control privado sobre el recurso central de la
región.
En el eje Valparaíso-Región Metropolitana,
donde se concentra el sector servicios, la administración pública, la industria
cultural, el comercio y una amplia franja de trabajo precarizado, la
candidatura oficialista se impone. Ahí confluyen trabajadores asalariados,
capas medias progresistas y sectores populares que temen un giro autoritario
abierto. Al mismo tiempo, la derecha y la ultraderecha retienen espacios
importantes en comunas de altos ingresos, donde viven fracciones decisivas de
la clase dominante y de las capas medias altas que organizan su vida en torno a
colegios privados, clínicas, barrios cerrados y altos niveles de consumo.
En el centro-sur agrario y forestal, el
dominio del voto conservador revela la fuerza del capital agroexportador y del
complejo forestal: grandes propietarios, empresas madereras, agroindustria, con
una base de trabajadores rurales y poblaciones urbanas pequeñas donde pesan la
tradición religiosa, la cultura de orden y el temor al conflicto social. El
conflicto histórico en territorio mapuche se vuelve un laboratorio de políticas
de seguridad, donde se ensayan discursos y prácticas que luego buscan extenderse
al resto del país.
Este mapa no solo muestra quién gana en cada
región, sino qué tipo de economía y qué fracciones de clase consiguen que sus
intereses se vuelvan “sentido común” para millones de personas que no se
benefician realmente con ellos.
Corto y
mediano plazo: estabilización del modelo y profundización de la crisis de
representación
Pensando en el corto plazo, el resultado de estas
elecciones entrega un sistema político donde ningún bloque tiene mayoría
absoluta, pero todos comparten el marco de un capitalismo altamente
concentrado. La coalición gobernante depende para aprobar leyes de acuerdos con
sectores de derecha y con el Partido de la Gente, lo que obliga a moderar
cualquier reforma que incomode demasiado al gran capital. La derecha radical,
fortalecida, actúa como polo de presión para endurecer la agenda de seguridad y
orden, con fuerte apoyo mediático y empresarial.
Para las clases dominantes, esto equivale a un
seguro contra sorpresas: el gobierno estará obligado a negociar, el Parlamento
funcionará como filtro y el aparato de seguridad del Estado se mantendrá
robusto, con respaldo transversal cuando se trate de controlar protestas,
huelgas o estallidos sociales. A lo sumo, se enfrentará a impuestos
marginalmente más altos o a ajustes regulatorio-ambientales, que pueden incluso
adaptarse a los planes de inversión de largo plazo si se los incorpora
gradualmente.
Para la clase trabajadora y los sectores
populares, el corto plazo combina posibles alivios puntuales (aumento del
salario mínimo, ampliación de programas sociales, mejoras acotadas en pensiones
o vivienda) con una continuidad brutal de las condiciones estructurales:
explotación del trabajo, endeudamiento masivo para acceder a educación, salud o
vivienda, precariedad laboral, inseguridad territorial, criminalización
selectiva de la pobreza. Nada en la correlación de fuerzas parlamentaria indica
que el trabajo organizado vaya a adquirir un poder político estable; al
contrario, las señales apuntan a una mayor presión por “normalizar” la
conflictividad mediante leyes más duras, mientras se otorgan concesiones parciales
destinados a administrar el malestar.
En el mediano plazo, este cuadro tiene tres
consecuencias probables. Primero, una profundización de la crisis de
representación: amplios sectores de la población perciben que cambian los
gobiernos, pero la estructura de poder económico permanece intacta, lo que
alimenta cinismo, abstención o saltos hacia opciones más autoritarias. Segundo,
un reacomodo dentro de las propias clases dominantes, donde las fracciones más
ligadas a la especulación financiera, al negocio inmobiliario y a tecnologías
de punta compiten con el capital extractivo y agroexportador por orientar la
agenda del Estado, mediante su influencia en todos los bloques políticos
relevantes. Tercero, la posibilidad siempre abierta de irrupciones sociales que
desborden el marco institucional, cuando las promesas de estabilidad y
bienestar no se cumplen y el costo de la vida y la precariedad laboral se
vuelven insoportables para millones.
Lo que muestran estas elecciones no es un
enfrentamiento entre un proyecto de emancipación de la clase trabajadora y un
proyecto de dominación burguesa, sino un reordenamiento de equipos de
administración del mismo orden capitalista, con matices ideológicos distintos y
con grados diferentes de agresividad y cinismo. Las clases dominantes resultan
aseguradas, las capas medias intentan salvar su posición y la clase trabajadora
sigue sin una representación política propia, organizada desde sus intereses y
su experiencia cotidiana.
Mientras esto persista, cada elección seguirá combinando esperanza, miedo y resignación en proporciones distintas, pero el guion central permanecerá: la riqueza social generada por el trabajo se concentra en manos de quienes controlan el capital, y el Estado se reconfigura una y otra vez para garantizar que esa estructura no se altere de fondo, aunque cambien las caras, los discursos y los colores de la noche electoral.
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